✠ III Domingo de Cuaresma – Ciclo A

“Dame de beber” (Jn 4,5-42)


Antífona de entrada

Sal 24, 15-16

Tengo los ojos puestos en el Señor,
porque él saca mis pies de la red.
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido.

Oración colecta

Oh, Dios, autor de toda misericordia y bondad, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor el reconocimiento de nuestra pequeñez y levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


Oración sobre las ofrendas

Señor, por la celebración de este sacrificio concédenos, en tu bondad, que, al pedirte el perdón de nuestras ofensas, nos esforcemos en perdonar las de nuestros hermanos.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Prefacio

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.

El cual, al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe y, si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino.

Por eso, Señor, te damos gracias y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Antífona de comunión

Cf. Jn 4,13-14

El que beba del agua que yo le daré —dice el Señor—
se convertirá dentro de él en un surtidor de agua
que salta hasta la vida eterna.

Oración después de la comunión

Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


📖 Evangelio del día

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan

Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

«Dame de beber».

Jesús le contestó:

«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

Muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio de la mujer. Y decían:

«Sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».

Breve reflexión

El diálogo entre Jesús y la samaritana revela una sed más profunda que la del agua material: la sed de Dios que habita en el corazón humano. Cristo se presenta como el que puede saciar definitivamente esa sed, ofreciendo el don del Espíritu que se convierte en fuente de vida eterna.

La mujer pasa de la incomprensión al testimonio. Quien encuentra a Cristo no puede guardarlo para sí: corre a anunciarlo. Así también la Iglesia está llamada a convertirse en mensajera de esa “agua viva” que brota del corazón de Cristo.

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