Los Sacramentos: Dios se esconde para dejarse ver
Dios se esconde para dejarse ver. Rovira (2000) recuerda el principio teológico de la invisibilidad divina: la esencia de Dios es inaccesible al ser humano. Si no respetamos este límite, corremos el riesgo de confundir a Dios con las mediaciones de la revelación. Sin embargo, esta trascendencia no contradice su acción comunicativa ni la capacidad humana de acogerla. Más bien, Dios actúa de modo paradójico: se oculta en mediaciones sensibles precisamente para revelarse a través de ellas. Es, por así decirlo, un “juego de escondidas” en el que el ocultamiento no busca evadir al hombre, sino atraerlo y permitirle reconocer su presencia en lo concreto de la historia.
En este horizonte se comprende la realidad sacramental. Los sacramentos son signos sensibles que comunican la gracia invisible. Según Borobio (1985), el término sacramento puede entenderse en dos sentidos complementarios. En sentido amplio, designa toda realidad que manifiesta históricamente el don invisible de la gracia de Dios; en este nivel se incluyen realidades como Cristo, la Iglesia e incluso el ser humano en cuanto llamado a ser transparencia de Dios. En sentido estricto, el sacramento es signo eficaz de la gracia, tal como lo definió el Concilio de Trento; aquí se sitúan, de manera propia y normativa, los siete sacramentos de la Iglesia.
Desde esta doble comprensión podemos afirmar que los sacramentos constituyen un verdadero punto de encuentro entre Dios y los hombres. No pretendemos abordar aquí cada uno de ellos, sino sentar un principio teológico fundamental: el hombre dispone de un ámbito histórico concreto donde puede encontrarse objetivamente con Dios y con su proyecto salvífico. Gavala (1994) recuerda que el Dios bíblico se ha manifestado mediante mediaciones sensibles a lo largo de la historia. El hilo conductor de esta revelación es siempre la invitación a entrar en comunión con Él. Así operan los sacramentos: mediante gestos, palabras y elementos íntimamente vinculados, Dios continúa comunicando su presencia y su gracia.
Ahora bien, los sacramentos no son realidades abstractas, sino signos eficaces en un contexto litúrgico-celebrativo. Dios sigue manifestándose históricamente cuando la Iglesia suplica su presencia en la oración litúrgica. Corbon (2009) habla de un realismo litúrgico: la Iglesia celebra el misterio de la presencia de Dios en la historia y, al mismo tiempo, participa de la liturgia celestial. En la celebración, el Señor viene a su Iglesia reunida aquí y ahora, haciendo presente localmente la única liturgia eterna. Lo celebrado no es solo memoria histórica, sino participación real en el misterio divino.
Finalmente, los sacramentos poseen una dimensión profundamente transformadora. Si la intervención de Dios es histórica, también lo son sus consecuencias salvíficas. En primer lugar, se da una transformación ontológica, es decir, una renovación profunda del ser mismo del creyente, orientada a la salvación integral de la persona (cf. 1 Tes 5,23). En segundo lugar, la presencia de Dios en la historia exige una conversión verdadera: no un sentimiento pasajero, sino un cambio de vida radical que abarca el interior y el exterior (cf. Hch 2,38). La acción divina tiene consecuencias históricas, morales y comunitarias. Es una salvación que comienza ahora, en la historia, y que alcanza su plenitud más allá de ella.
P. Judá García
Referencias:
Corbon, J. (2009). La liturgia fontal. Madrid: Palabra
Rovira Belloso, J. (2007). Introducción a la teología. Madrid: BAC.
Gavala, J. M. R. I. (1964). Los sacramentos, Dios y el hombre al encuentro. Proyección: Teología y mundo actual, (42), 206-209.
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